Somos María Salinas y María Villa, y juntas somos Objetivo Inclusión.
Nuestra cooperativa, situada en Mairena del Aljarafe (Sevilla), está centrada en la formación para la inclusión sociolaboral de personas con discapacidad intelectual.
Nuestros primeros pasos como emprendedoras comenzaron en el CADE de Polígono Sur. Fue allí donde David Pino nos habló de la Escuela de Economía Social y del programa FIDES Emprende. Tras una entrevista personal, tuvimos la suerte de ser seleccionadas y, sin saberlo entonces, de iniciar un proceso que nos iba a marcar mucho más de lo que imaginábamos.
Cuando llegamos a Osuna, a la sede de la Escuela de Economía Social, teníamos bastante claro qué queríamos hacer, pero no tanto cómo hacerlo realidad. Comenzamos con una idea que creíamos sólida y cargadas de mucha ilusión, pero también con dudas e inseguridades y una sensación de estar dando un salto importante. Lo que no sabíamos entonces es que allí íbamos a encontrar mucho más que una formación: íbamos a encontrar una familia.
Desde el primer día nos sentimos acompañadas. Todas las personas que forman parte de la Escuela cuidan los procesos con muchísimo mimo, pero sobre todo cuidan a las personas. Se preocupan por cómo te sientes, que estés cómoda y que no camines sola en ningún momento. Ese cuidado constante fue lo que hizo que la experiencia fuera tan especial y nos permitió relajarnos, confiar y aprender desde un lugar seguro, sabiendo en todo momento que a alguien le importábamos de verdad.
Por supuesto, el trabajo de los coaches Eladia, Álvaro, Nasser y Francesco ha sido fundamental. Trabajando de manera conjunta con otros proyectos cooperativos, nos han acompañado en aspectos esenciales para nuestros emprendimientos sociales. A lo largo del programa aprendimos a investigar y analizar el contexto, a mirar hacia fuera y a detectar necesidades reales, entendiendo mejor el entorno en el que queríamos intervenir. Profundizamos en la definición del arquetipo de cliente, identificando con claridad a quién queremos acompañar y cuáles son sus necesidades reales, y aprendimos a plantear hipótesis y validarlas a través de pequeños experimentos que nos han permitido tomar decisiones encaminadas. También trabajamos el diseño de la propuesta de valor, la creación del Producto Mínimo Viable y la elaboración del modelo de negocio. Además, contábamos con sesiones individuales que nos permitieron centrarnos de lleno en nuestro propio proyecto, resolver dudas concretas y avanzar con mayor foco.
Además de todo esto, hay muchas otras cosas que nos llevamos y que quizás no se ven a simple vista, pero que para nosotras son igual de importantes.
Una de ellas son las dinámicas, pensadas con intención y haciéndonos parar y reflexionar. Aprendimos a entender el cooperativismo desde distintos puntos de vista y sirvió para unir al grupo, generar confianza y crear vínculos entre todas, reforzando la idea de que el camino compartido multiplica el aprendizaje y el impacto.
Nos llevamos también el poder compartir tantas horas juntas. El propio proceso, estructurado en ocho sesiones intensivas de día y medio, nos ha regalado algo que no siempre es fácil encontrar cuando emprendes: tiempo de calidad real. Estar allí, durante tantos momentos seguidos, en un entorno precioso y cuidado, nos permitió parar, aprovechar el tiempo al máximo y dedicarnos de verdad a hablar, pensar y decidir juntas. Esa convivencia prolongada ha sido fundamental para fortalecernos como equipo y unirnos aún más.
Compartir el camino con otras personas emprendedoras ha sido otro de los grandes aprendizajes. Cooperativas muy distintas, pero con inquietudes muy parecidas. Cada proyecto se encontraba en un momento distinto del emprendimiento, y precisamente eso fue lo que más nos enriqueció: poder aprender de quienes iban un paso por delante, acompañar y apoyar a quienes estaban empezando, y sentir que todas, desde nuestro lugar, teníamos algo que aportar. Escucharnos, compartir dudas, avances, miedos y logros, y sentirnos reflejadas en otras personas nos ha permitido crecer juntas, tanto a nivel profesional como personal.
Y, cómo no, nos llevamos las risas. Los ratos tan divertidos que hemos compartido con el grupo y con las personas que hacen posible el día a día en la Escuela. Las charlas alrededor de una comida riquísima preparada por Nacho, los cafés de la mañana acompañados de la sonrisa de Javi, Antonio, siempre dispuesto a echar una mano cuando lo hemos necesitado y el cuidado y el mimo de María Jesús, que hacía que las habitaciones estuvieran siempre perfectas. También Pepe y Pedro, que, aunque no siempre estén visibles, hacen posible que todo esto funcione y tenga sentido. Son esos pequeños gestos los que han hecho que la experiencia sea más cercana y humana.
De FIDES Emprende salimos con aprendizajes, vínculos y una comunidad que seguirá formando parte de nuestro camino, y con la certeza de que cuando los procesos se cuidan y se viven desde lo colectivo, el impacto va mucho más allá del emprendimiento.

